Palermo, Cap Fed, Argentina
Me gustan las noches cálidas, el chocolate amargo, comprar ropa, el olor de una habitación de hombre, el aroma verde, el sabor a cerveza en unos labios que besan con la delicadeza de la primera vez y la pasión de la experiencia. Deliciosa es la sensación de presión cuando dos pechos se funden, pero mas delicioso aun es sentir mis uñas rozando una espalda delineada. Me vuelve loca la picardía de una linda sonrisa y las miradas que te desnudan el alma. Me gusta que me traigan el desayuno a la cama, el olor a café recién hecho, y mas si es en taza grande. Inexplicable es la sensación que corre por mi cuerpo al escuchar Trance. Volar, sentir, llorar, sonreír. Me gusta pasar horas bajo la ducha sintiendo como el agua tibia recorre todo mi cuerpo y siento un enorme escalofrío cuando me enjabonan la espalda unas manos grandes, capaces de hacerme olvidar que existe un día mejor que no sea este.

domingo, 3 de marzo de 2013

Instrucciones para cumplir 20 años (o una carta sin consejos sobre cómo cumplir 20 años y no morir en el intento).


La vida cambia después de los veinte, pensé. Pero quizá deseaba un poco más. Esperaba saber qué cambia que hace distintos los días y las horas cuando se acaban los diecinueve y la torta tiene 20 velitas. O quizás no, sólo intentas ver si en algo es diferente vivir hasta los 19 que hacerlo hasta los 21. Como sea.
Esto da como resultado un cambio en la perspectiva de la edad. “La adolescencia termina a los veintinueve”, arremetía, todavía más juvenil, Carrie Bradshaw (Sarah Jessica Parker) en algún episodio de Sex and the city. Ser joven hoy día es una cuestión que se prolonga indefinida, casi inexistentemente, más allá de la edad. Hoy hay ancianos de veintiuno, y adolescentes de treinta y cinco. ¿No es así la historia moderna?

Por eso no sé decirte si a los veinte me convertiré en adulta. Reconozco en mí un sentido de responsabilidad que no es el de una quinceañera, pero ése lo tengo desde los diecinueve. Sí puedo, en cambio, contarles que a los 20 años, muchos comenzaron a vivir.

Crecí creyendo que las cosas me eran perfectas, y que nada nunca podría salirme mal. Mis decepciones, mis fracasos y mis frustraciones, ésas que todo niño tiene, hasta que se da cuenta que eso mismo es vivir. Pero los veinte te van restando ego. Por eso dicen que comienzas a vivir: un día amaneces y descubres que conceptos como verdad, sinceridad, confianza, amistad, comunicación y fidelidad, cobran más peso y significados más profundos. Y sí, pasa: un día te ves al espejo y te encuentras tan distinta, ves tan movido tu eje que tienes que iniciarte de nuevo contigo mismo.

A los veinte pretendo profundizar mis amistades, y deshacerme de muchas otras que considero dañinas. Eso es favorable.
Los novios que he tenido hasta los 20, han sido los mejores amantes, los mejores hombres y las mejores relaciones interpersonales que he tenido. Eso no significa que fueran los mejores éxitos: han sido también las mejores decepciones. Tuve qué decidir, escoger, observar y concientizar, y luego decidir, porque si algo así llega naturalmente, después de los veinte, es una sensación como de que corre el tiempo más veloz, y que hay muy poco por perder.

A los veinte supongo que se van algunos miedos, pero llegan otros tantos. Da más miedo perder amigos, ser irresponsable y decidir. Se piensan más las cosas, pero en consecuencia se toman mejores opciones. Se va haciendo cada vez más sencillo mandar todo a la mierda, pero también se corre más el riesgo de convertirse en la típica mina solitaria que decide trabajar en algo que no le gusta.

Y el aumento en la velocidad en que parece correr el tiempo hace que todo sea más: se extraña más, se ama más y se trabaja más. Y todo sabe distinto: los besos, los chicles, las drogas, el alcohol y la muerte. A partir de los veinte no se teme morir, pero sí se le mira con más respeto a la vida, y se aprende a dar lugar a los demás sin perder terreno propio.

A partir de los veinte se cree cada vez menos en los ídolos populares, más en el destino, nada en Dios y un poco en el verdadero amor. Se prueban más cosas, y las ya conocidas se reconocen distintas. Aparecen más personas, y conocidas de años se van, aparentemente para no volver. Se sufre igual, pero por motivos diferentes, y llorar no se vuelve más complicado, sino más inútil (inconcientemente inútil). A partir de los veinte, las lágrimas se convierten en artículos de lujo, y regarlas por alguien o algo duele más que llorarlas. 
Me dijeron que también a los veinte se van pidiendo cada vez menos abrazos, pero que duren más tiempo. Se escucha más música, pero de más artistas, porque con los veinte entran también unas ganas absurdas y desquiciantes de conocerlo todo. Duelen más las cicatrices del pasado, y se siente más las caricias del presente. El sexo se vuelve más conciente, y a veces también da voces de alarma y se reconsidera. Y todo sabe diferente. Se cobra más conciencia de lo ajeno, y se vuelve uno más celoso de lo personal.

Todo esto es paulatino. Quizá varíe de persona a persona, de sexo, de profesión a profesión incluso. No amaneces los veinte siendo conciente de tantas cosas.

Un deseo: que las decisiones que tomes a los veinte, por lo menos, sean, no acertadas, sí por lo menos completamente tuyas.

Felices 20. SALUD!

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